El siguiente texto es un fragmento del libro titulado “Volver a la Tierra” editado por la revista Integral hace más de 20 años pero totalmente coherente con la actualidad.
Agradecemos a José Luis Siviero su envío
Ver original en http://www.volveralatierra.com.ar/vision/senor-soy-un-labrador/
Lo reproducimos en consonancia con el nuevo Papa Argentino, quien dedicó un buen espacio de la homilía de su misa de asunción a instarnos al cuidado del ambiente.
"
Señor, soy un labrador
Mi piel tiene el sabor y el color de la
tierra.
He visto durante más de sesenta años nacer el sol.
La tierra ha bebido miles de veces el sudor de mi frente y de mis
brazos.
Pero he sentido también el gozo de saborear las cosas genuinas.
Y
en ellas me ha parecido encontrar todavía el frescor de la creación.
¿Me equivocaré Señor, cuando te siento presente en todo lo que me
regala mi tierra no contaminada por la vil explotación del consumo?
Yo me he sentido vivo en el agua limpia de mis fuentes y
de mis arroyos.
En el pan amasado por mi mujer, cocido en el horno de mi pueblo:
un pan sólo pan: en el vino hecho con las uvas de mi viña madura y fecunda como
un poema bíblico.
Te he sentido al saborear el fruto de mis cerezos y de mis
manzanos,
de
mis perales y de mi huerta.
Son frutos que no han perdido el sabor del sol ni de la lluvia.
A
los sesenta años de comunión con todo lo que me regala la creación,
hoy
me encuentro en la ciudad, donde nadie se acuerda de
nuestras tierras,
donde
a nadie le interesa ya nuestro pan-pan y nuestro vino-vino.
Mis hijos pensaban que todo aquí sería mejor,
más grande, más divertido, más fácil…
Sí, hay más hierro, más cemento, más gente, más coches, más cines,
más
ruido y más dinero: más iglesias también. Pero yo no puedo rezar.
Siento la rebelión de mi sangre.
No logro dormir porque oigo el
lamento angustioso de mi tierra que protesta y llora
y
se arrastra por las calles y mercados, humillada, escondiendo su vergüenza.
Si, porque la sociedad, por amor al
dinero, ha deshonrado lo mejor de tu creación.
El hombre, que debería seguir la obra que Tú comenzaste,
para hacerla cada día más auténtica y más rica,
se ha apoderado de ella para mecanizarla, adulterarla y
sofisticarla.
Aquí el agua no es el agua que cantó Francisco
de Asís:
está
sucia y contaminada.
Aquí el pan no es el pan:
es un producto químico.
Aquí el vino no se hace con las uvas de nuestras viñas: es agua
teñida.
Aquí la fruta no tiene sabor a sol: es de plástico.
Aquí todo tiene sabor a laboratorio, a medicina: ha perdido el
gusto de la tierra.
Todo sabe a lucro, a especulación, a explotación.
Déjame, Señor, que grite mi dolor. Préstame por un momento la
rabia de tus profetas,
porque tengo ganas de maldecir.
No maldeciría la técnica ni la ciencia,
si
fueran capaces de servir a la naturaleza para perfeccionarla,
de
multiplicar el pan sin que deje de ser pan, como lo multiplicaron tus manos,
de
hacer el milagro de que los frutos de la tierra pudieran llegar a todas las
mesas,
pero
sin que la manzana dejase de ser manzana
y
sin que la lechuga perdiese su sabor a tierra y la leche su sabor a hierro.
Yo maldigo proféticamente la
tierra puesta al servicio del lucro y no de la vida.
Ya que nadie me escucha, ya que todos me miran como a un loco,
deja
que pueda gritar al menos a Ti mi indignación y mi angustia:
¡Nos están envenenando!
Tengo miedo de que los hombres acaben comiendo cemento o billétes
de banco.
Señor, coge de nuevo tu látigo y recorre el gran templo de la
sociedad
y
golpea a los nuevos mercaderes:
échales
fuera, porque están convirtiendo la casa de tu Padre, tu creación,
en
una cueva de ladrones,
donde
ya no es posible rezar a quien nos regala el pan de cada día.
Perdóname, Señor, pero hoy me marcho: dejo
la ciudad, dejo el progreso:
sacudo el polvo de mis sandalias y me vuelvo pobre a mi tierra.
No es cobardía, ni evasión, ni nostalgia estúpida.
no es condena al verdadero progreso.
Es miedo a perder mi dimensión profunda de hombre.
Miedo a oler demasiado a cemento y a hipocresía.
Miedo a no poder seguir rezando con el lenguaje puro de la tierra,
del
sol, del viento y de la lluvia.
Miedo a olvidarme de que el hombre vale más que lo que construye.
Y ¿cómo podríamos seguir siendo hombres si prostituimos cada día,
sutil
pero diabólicamente, la tierra que nos da el ser y el gusto de la encarnación?
Desde mi tierra, pobre y solo, no
me olvidaré de mi prójimo.
Por
él te haré cada mañana, al nacer el día, esta única oración:
Que los hombres sean capaces de descubrir todavía el sabor a pan."